Miguel Angel Cuevas Guinto.
LAS RAZONES DEL CAIDO
Se despliega en el aire magnifico continente, por momentos parece llenar el brillante espacio. A sus pies, se distiende inmenso campo sin fin ni principio.
El colorido, la luz; se envuelve en burbujas de múltiples tonos, que al estallar exhalan inéditos y dulces aromas, que llenan de dicha a los bienaventurados espíritus.
A su derecha un dorado palacio, extensión misma del dorado campo: alzándose, moldeándose, adquiriendo formas de milagrosa arquitectura; renovándose una y otra vez al conjuro de maravilloso designio.
La obra lo sacudió, y en su altiva faz se pintó la mueca de una sonrisa al recordar su pasada gloria. Pero el dolor de lo perdido, la ignominia del deprimente y sombrío lugar que ahora habita, en comparación tormentosa con la espléndida y eterna luz que destilan los cielos le tornó el esperanzador rictus en un gesto disforme de celo y furia. Con horrible crujido, rechinó los dientes, y el tormentoso fuego de la angustia mancilló la pureza del lugar.
—Tiempo ha que estos magníficos espacios te eran naturales, tiempo ha que como criatura creada te rebelaste a tu creador arrastrando en tu caída a un tercio de las celestes criaturas.
—¡Ah! Mi natural antagonista: Miguel, el de la ardiente espada.
—Ven, el señor te espera. —Dijo el Arcángel de soberbia postura, tan grandioso en aspecto como el primero. Pero si uno hablaba y brillaba con la inmensa luz de su cercanía al creador, al otro lo cubría la bruma ominosa de su fragmentado espíritu. Ardía con la luz de la ira, con la penosa culpa de haberse desprendido de su origen, que el máximo don dado a las criaturas para mayor gloria de su hacedor: el libre albedrío. Fuera la causa de su perdición.
Pero hoy estaba de buen humor, Satanás. El terrible antagonista, gran acusador, perdición de los hombres, el que impotente ante el poderío celeste se vengó en la más infeliz de las criaturas, estaba de buen humor. La cercanía con su origen, con el señor padre de todo cuanto tiene asiento en el vasto universo, le llenaba de un júbilo casi olvidado.
Los dos colosos ingrávidos hoyaron con sus plantas el empíreo, el glorioso Arcángel Miguel, avanzó por delante, el terrible apostata le seguía con fingida humildad; en tanto coros de ángeles entonaban amables cantos, que por poco sacan de quicio al poderoso ángel caído, al otrora Lucifer. Después del primogénito, el más cercano a Dios, el segundo de los seres creados que en su confusa soberbia, razona y se anima e insufla confianza a las falanges afines.
—¡Bah!, la misma cantaletas de hipócritas inferiores que se arrastran ante la menor muestra de poder. Jamás tendrán la furia, la fuerza ni el orgullo para rebelarse, estas criaturitas, soplos insignificantes del aliento divino. Cada día se parece más, la zalamería de los hombres a la de estos ángeles, si bien es cierto: linda jugarreta del señor, cuando anunció la creación de seres a su imagen y semejanza a los que daría la tierra por asiento. Que mala historia la de la ridícula serpiente, que pierde a los hombres instigándolos a probar la fruta del árbol de la ciencia, bien que no faltaba más que tiempo, para que sin mi auxilio la mala semilla reventara, y se hartara de la podredumbre de este ser, que en milenios no ha hecho otra cosa que asemejarse a los mismos demonios. Linda criatura a la que el diablo no tiene nada que enseñar, y que éste mismo tenga miedo de que por culpa del hombre a todos nos lleve el “diablo”.
Viose el temible ángel de pronto, en presencia del gran trono, siempre se preguntaba frente al sagrado asiento, sobre el reputado colosal poder que las leyendas atribuían a los querubines, que destellaban bajo el trono con un fuego impetuoso y arrollador.
—Digno trono del Señor, ése que llamea con ardor ante mi presencia —exclamó el espíritu burlón— digno de los cielos este palacio de luz que asume las más bellas e impensadas formas, en nada se parece al sórdido y tenebroso pandemónium que habitamos los caídos.
—De donde vienes —dijo por toda respuesta la dulce voz.
—De vagar por el universo, el hombre ha reducido tanto los espacios que la misma tierra y sus alrededores le son insuficientes; pienso que llegará el día en que a nosotros los demonios, esta vil criatura nos ha de enclaustrar en los límites del cosmos.
—No sabes más que quejarte —dijo en un tono, que más que de reproche, era de infinita aceptación.
—Señor, el hombre, artesano de mi desgracia eterna; no ha hecho sino acentuarla desde de su expulsión, y tal cosa sólo acrecienta mi culpa y me aleja de la reivindicación. Más le valiera destruirse, ya que tiene los medios, y así sin su acusadora presencia, con el correr interminable del tiempo pueda ser digno de la gracia del perdón de mi inmensa culpa.
Véalos Señor, como el poderoso rayo, antiguo poder sin igual que sirvió para arrojarnos al hondo abismo con temible y sugestivo estruendo. A nosotros, las criaturas más poderosas por Ti creadas, nos bastó el amague doloroso, que daba aquí, allá para precipitarnos anonadados y casi inconscientes de espanto. Véalos Señor, como soberbios desprecian este poder que ahora se abate inocuo sobre el mundo, cual muestra de una poderosa presencia que ya no respetan, para respetar al diablo hay que empezar por temer a Dios, principio único de la existencia. Pero no, todo lo desprecian con su progreso, se tomaron muy en serio lo del árbol de la ciencia y muy pronto pensarán en conquistar el mismo empíreo, con carros de fuego, tan rugiente como el que ahora agita tu trono.
Creerá Señor, que a criaturas tan viles, en los ulteriores tiempos les ha dado por causarme lástima, al grado que he perdido el interés en torturarlos al darme cuenta que han creado sus propios demonios, mucho más feroces que las aguerridas hordas infernales que lucharon contra el celestial ejercito. Estos demonios encarnados los martirizan en vida con métodos tan refinados que son la envidia del mismo infierno. Pobres hombres, el infierno de la tierra nos da lecciones de maldad. Pero esos pervertidos demonios no son los peores ni los más malvados, son demonios de baja ralea, abundan por el mundo cual bichos inicuos.
Los más perversos, los más horrendos, tan crueles y ladrones que las minas del rey Salomón serian bagatela ante lo desmedido de su ambición. ¡Ah! Señor, la crueldad de esta clase de demonios llega a tanto que infieren penas y cataclismos mayores, que los infligidos por la justicia divina al pueblo Egipcio. ¿Qué son las huestes faraónicas? Arrastradas al rojo y arenoso fondo cuando los angélicos soldado cerraron la brecha abierta. ¿Qué son? 85 mil guerreros sepultados por tu ira, cuando por fidelidad a su rey perseguían al pueblo guiado por Moisés. ¿Qué son? Si el hombre por caprichos absurdos pulveriza, ya no 85 mil hombres, sino millones de ellos. Estos feroces hombres, son los peores demonios encarnados que asolan la tierra, más que demonios son bestias depredadores de sus semejantes ya que ni el peor de mis demonios come demonio. Se les encuentra en las altas esferas de poder, y entre más encumbrados, su crueldad se exacerba; gobiernan naciones y conciencias, se han apoderado de los bienes, de la libertad y sobre todo del libre albedrío.
—Tan malo es el hombre —respondió el Señor con fingida indignación, que no pasó desapercibida al elocuente ángel caído—, tanta grandeza ha logrado en su pequeñez que hasta al mismo Satanás inspira temor y lástima; sólo un espíritu contradictorio como tú, es capaz de abrigar tan opuestos sentimientos. Vez la nación de singular forma después de haber sido mutilada —el santo índice señalaba el espacio infinito de su omnisciencia, en tanto el quejoso ángel se esforzaba en seguirlo por la vastedad del divino mirar.
—México, esa nación saqueada por catervas españolas, guiadas por uno de mis príncipes; cuya misión de conquista, era acabar con las trazas de dioses ingenuos vitalizados por la fuerza vivaz de sus creadores, dioses sin existencia, capaces de milagros, dioses de barro y cerámica, que en su candidez eran barrera para mis demonios que hurgaban el mundo tan grande de esos tiempos.
¡Ah! Necesitaban del conocimiento del pecado, tal y cual lo entienden los pecadores, del concepto del crimen tal y cual lo conocen los criminales, del entendimiento de la inmoralidad tal y cual la entienden los inmorales; y que mejor que los hombres de Dios para tal tarea.
Córtaz, un príncipe menor, cumplió al pie de la letra la encomienda, pero gustó tanto de las sensualidades humanas que arrancó todo metal valioso, de las entrañas de México, para complacer así, su espíritu humanizado.
México, país mutilado por otro demonio de ínfimo linaje: Santanán, dividió la identidad del pueblo mexicano, dividiendo su territorio, acabando con la unidad que salvaguarda el espíritu original de las naciones caídas en desgracia.
¿Qué tiene que ver este pobre pueblo? Con la inmensa dignidad de los cielos.
—Está en mi corazón —contestó el santo Dios, agregando— he estado al tanto de él, desde que despertó como pueblo, pero como Job, ha estado a prueba.
—Ya no soy yo, el que ha de tentar la conciencia de los hombres. Has de quitarme el quehacer odioso concedido a los caídos: el de tentar, porque fuimos tentados por el orgullo y la rebeldía.
Conoces a ese hombre de Dios, de gran presencia y de alta jerarquía entre los que te sirven.
Destrozado por las balas en opulento carruaje. Sus amplias carnes son claras muestras de una vida de hartazgo y enemiga del ayuno de santos de estampas sentimentales.
Se queja con amargura de su triste situación; añora los lujos, la holganza, los manjares voluptuosos de la tierra. Y en este tenor critica la política de los cielos, ante la injusticia y el equívoco del que se considera objeto: Llora, gime y entre moqueos dilata su estatura, como hombre de Dios. Así mismo exige, se reconsidere su situación, y se le mude de inmediato al esplendoroso lugar; como si el cielo se ganara con disfraz de sotana y fuera sinónimo de los placeres que más gustaron en su vida terrena.
He ahí, que estos hombres a tú servicio, con el paso del tiempo han perdido la capacidad de servirte. Se les ha tornado el amor a Dios, en mezquina auto estima. México no es la excepción, no merecen que una sola vez tu altísima atención tome en cuenta una tierra que nutre esta clase de hombres; si estos son los que te sirven que será de los seglares, bien cierto es, que Dios perdona a todos, menos al diablo.
—El pecado del hombre es contra sí mismo, el hombre no necesita de Dios para el perdón. A quién lacera con su culpa es a su espíritu inmortal. Cierto es, que el hálito vital que mueve al hombre, es esencia de mi propio ser. Pero el libre albedrío lo emancipa de la celestial tutela.
Tú bien sabes que el hombre de Dios, no es exactamente todo aquel que oficia misa con hábito clerical, ni el que mañana y tarde se prosterna lloroso y contrito frente a imágenes sacramentales a la sombra de la amplia ábside de su iglesia preferida. El hombre de Dios, se ama a sí mismo y ese amor bien entendido y radiante alcanza a Dios, al cielo y a sus semejantes. Para empezar a amar el universo, hay que empezar por amar lo inmensamente pequeño; no se puede amar una estrella si se desprecia el reflejo de su luz en la gota de agua; no se puede amar la inmensidad del origen divino, sino se ama la grandeza del espíritu humano.
El hombre, en gracia de Dios, no es el que reparte el pan que mitiga el hambre, ni el que obsequioso entrega la moneda al pobre, no es, ni el mismo pobre en su desgracia. Es el que a aprendido amar con la suficiente fuerza, tal que ese amor poderoso lo acerca a su destino, ulterior consecuencia de su origen.
Todas las demás virtudes son resultado de tan grande y sublime acto de entrega.
Los primeros seres creados, radiantes de grandeza y poder, no son independientes de la esencia de su creador. Su vitalidad depende del mismo origen; están atados a él, por el invisible hilo de la comunión que no les permite separarse de la energía creadora de donde parte su existencia misma; ni ustedes, los príncipes angélicos caídos, están libres de esta atadura. El rompimiento de ella es imposible sin mi voluntad; sin esta unión sólo serían un soplo de polvo más que se diluye sin forma por los rincones del espacio.
Los ejércitos celestiales a pesar de su grandeza, y la insalvable diferencia en poder para con el hombre, están al servicio de éste; aun cuando lo castiga o hace juicio de él, lo están sirviendo, porque sirven al hombre como una unidad, no como una forma particular. Si mis soldados celestes se abaten sobre los hombres, es porque han comprendido, que así conviene a la existencia humana.
Sí ustedes, los rebeldes: ángeles alejados de mí, pero no separados, los torturan y los pierden en su alma inmortal, es porque es necesario el equilibrio, así como engendré la noche y el día, el mar y la tierra, necesitaba del equilibrio de las fuerzas creadoras, de las terribles y antagónicas fuerzas que se encuentran presentes en cada partícula que componen el cosmos, y que se conjuntan para generar el universo mismo.
El gran espíritu caído volvió a rechinar furiosamente los dientes, y la fosfórica mirada adquirió el brillo vesánico capaz de devastar las conciencias más firmes, en tanto su figura de noble arcángel, adquirió por un instante la terrible forma del mal.
—Ha tiempo Señor mío comprendí que no somos más que extensiones de tu santa voluntad, ni un átomo, ni una galaxia, ni un alma se pierde sin el asenso de tu inobjetable voluntad. Pero aun así, la dignidad de considerarme entre los primeros me empuja a la arrogancia, al orgullo infame que me orilló a rebelarme al conocer tus designios e intuir la grandeza futura del hombre; la gloria venidera de una infeliz criatura, un grosero trozo de hueso y carne que ha de evolucionar hasta igualarse a los mismos dioses. Pero en tanto para mi no sean más que viles criaturas prisioneras de sus elementales impulsos, en tanto los miles o millones de años sean sólo un futuro incierto que el hombre con sus actos ha de volver más incierto contraviniendo la misma voluntad divina, han de tener al diablo sobre sus cabezas.
Sus demonios han de devorar a sus demonios, el más fuerte se yergue vencedor, no hay igualdad no hay justicia la tierra es un yermo sin amor ni esperanzas. Que pueden hacer unos cuantos “amorosos” contra el inmenso tumulto de odio, rencor, envidia y desesperanza en que arde el mundo.
México es de los peores, es un país de hipócritas. Se destrozan, se asesinan entre hermanos con plácida sonrisa de santurrón; se embriagan hasta no ser más que cerdos en sus actos y en su espíritu; en tal estado son capaces de las peores bajezas. Se transforman en bestias que al otro día expían las culpas de sus etílicos abusos, no con los estragos de sus excesos, sino con la moralina vana del remordimiento que los corroe y atormenta; olvidándose en unas cuantas horas de la ponzoña de la culpa, bastándoles un trago para volver a pensar en el pecado y entregarse a él con más deleite y sensualidad; pero los peores, los más bajos, son los que pretendiéndose alejarse de todo contacto con los goces mundanos se encierran en su mundo particular de pecado, donde se entregan de corazón a las más abyectas aberraciones, pecando con igual o mayor intensidad que quienes hacen del pecado su vida misma; que terrible pecado, el de hundirse en la podredumbre interior, intoxicando el espíritu y el alma en sus más hondas profundidades; pudriendo su interior sin tener cura para una enfermedad oculta a los ojos por el velo de la simulación que, el más leve soplo arranca, mostrando las asquerosas llagas del alma, que son de tal hediondez que a los mismos Espíritus caídos nos asquean.
Dos grandes personajes, dos próceres de la tierra mexicana yacen en las profundidades de una gran grieta; hasta allí se ocultan de todo contacto, se avergüenzan de su desaparición física en la tierra, ya que su orgullo los llevó a pensar que la gloria terrena los apartaba de los males que aquejan al común de los mortales. Allí el primero se atormenta con un silencio y una tristeza que agobia y apena a los mismos demonios encargados de la custodia, al grado que su dolor los repele como ante el bien ajeno. Este hombre de mirada vuelta al dolor puro no necesita de tormento alguno. Lo arrastrado de la tierra es más que suficiente para martirizarlo con un desconsuelo semejante a las penas del último circulo, donde el matador del César purga su traición; ninguna palabra profiere, agobiado de la pena de su grandeza truncada por la traición agazapada y silenciosa que lo arrebató de su gloria. En el mundo de los hombres las furias vengadoras no encuentran su razón de ser, se han vuelto cómplices de la injusticia y el crimen, cada hombre no paga sus culpas con un compendio de las más refinadas penas del infierno.
El otro, lleno de majestuoso orgullo, lanza vituperios y amenazas a los demonios que osan acercarse, los trata de diablillos de poca monta, sin la autoridad ni el abolengo para tratar con alguien de su alcurnia. Con altanera voz exige el trato directo con las máximas autoridades del infierno, arguyendo con desbocada verbosidad la eminencia de su persona.
Señor, estos hombres, los más dignos del nuevo pueblo escogido, son acaso, con los que llevaras a cabo la nueva alianza, merecen siquiera Tú atención quienes reniegan de Ti abiertamente. Y quienes dicen adorarte sólo buscan el reconocimiento malsano de una actitud de santo representada, entregados en espíritu a los terribles vicios de su pecaminosos interior.
El noble y bello continente en el interim de la filípica perdía su gloriosa forma en espantosa metamorfosis.
Como en los tiempos de tú caída mistificas a tu Creador, recuerda que la omnisciencia me libra de la confusión y el engaño y que en gran parte la grandeza y sabiduría de Dios radica en su buen juicio. No se puede juzgar a un pueblo porque en él habitan pecadores.
Dices tú. “Unos cuantos justos entre tantos pecadores” dígote Yo, que un justo salva a un pueblo. Siempre que la bienaventuranza de un solo justo flote sobre el mundo existirá la esperanza de la reivindicación. Azuzas, instigas a sus gobernantes, los conviertes en verdaderos vasallos del mal, en verdaderos monstruos que superan en maldad a tu corte angélica; cierto es que tales criaturas decidieron servirte por voluntad propia, cierto es, que te está permitido tentarlos, que el hombre es débil de voluntad, de espíritu veleidoso y que has sabido escarbar en su ser descubriendo cada una de sus debilidades y lo mismo lo pierdes con sus defectos que con sus virtudes. ¿Quién como el diablo, conoce cada una de las debilidades del hombre? Bien dices de su futuro incierto, que mientras el mismo consuma sus posibilidades La evolución hacia el estado superior, signado desde su creación es todavía un sueño inalcanzable para criaturas que balbucen inseguras en el espacioso universo.
Pero Yo dígote, que en tanto una sola criatura terrena se encuentre en el camino, que mientras uno de ellos sea punta de lanza, acercándose a la grandeza de los espíritus celestes se habrán cumplido los designios: para que resplandezca el universo, se necesita de una gran estrella; ésta, ha de alumbrar a aquellas que no tienen el vigor para arder con luz propia, mientras tanto las fuerzas se confabulan y el tiempo los alcanza.
—Bien se ve que el hombre, está en la gracia del Señor, bien se ve que el pueblo de México está en tu corazón y que por tal motivo los has de condenar a sufrir la insidia, la asechanza de mis huestes y mi personal furia. Ya un pueblo por Ti elegido fue puesto a terribles pruebas. El espíritu mexicano, será incapaz de soportarlas, es un pueblo de recién nacidos que no sabrá donde encontrar fortaleza. No existían como nación cuando los hijos de David se habían hecho hombres en el dolor. Tú jamás evitarás que yo los tiente como individuos y como nación, es mi papel tormentoso al que estoy condenado y, he demostrado a través de milenios que he cumplido a cabalidad con mi culpa. El pueblo de México está en Tú corazón. Señor, ahora también está en el mío.
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